Apellido Garcia, el mas comun de los apellidos españoles

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Reseña Historica

sociedad estamental

Durante el Imperio Romano, el uso de los nombres y apellidos era diferente al que conocemos en la actualidad. Se utilizaba primero el Nomen, equivalente al nombre o carácterísticas físicas descriptivas, de índole tradicional. Luego, en el medio, iba el Cognomen, que constituía el apellido o linaje de la familia. Finalmente, figuraba el Agnomen, que era descriptivo de alguna cualidad, oficio, carácter personal o defecto de la persona. A veces se anteponía un Preagnomen antes del Nomen, para añadir alguna cualidad especial o mérito notorio. Un ejemplo del sistema romano de identificación personal es el de Cayo Julio César, cuyo nombre romano completo era: Gaius Iulius Caesar. Gaius era el Nomen, que significaba "bonito", "bello", "apuesto". Iulius era el Cognomen, que indicaba que procedía del linaje o familia Iulia (Julia). Finalmente, Caesar significaba "de pelo largo" en el idioma latín, lo que pudo describir una característica física al nacer, o quizás alguna cualidad tradicional, puesto que Julio César se quedó calvo al llegar a su edad adulta. Este sistema se aplicó por ley a todo el Imperio Romano, incluyendo a la Hispania, que comprendía la Península Ibérica. Antes de esta época se tienen pocos datos de los pueblos pre-romanos, que fueron los iberos, los celtas, los vascos, y los colonos fenicios, griegos y cartagineses.

Con la llegada de los pueblos de origen germánico a la Península Ibérica, y el posterior final de la dominación romana, fue desapareciendo paulatinamente este sistema de identificación personal, persistiendo los nombres romanos, mezclados con los germánicos, simplificándose con el uso de un nombre, seguido del patronímico terminado en las letras "ez", que era el equivalente a la palabra germánica "son", que significa "hijo". Así Rodriguez significa "hijo de Rodrigo" y López significa "hijo de Lope". Asimismo hay palabras que se pueden usar tanto como nombre o como patronímico, siendo ejemplos Gómez o García. Luego, comenzaron a usarse otros medios de identificación, refiriénose al toponímico, o lugar de origen, o a alguna característica física, defecto, o cualidad personal. Por tanto "Lope Íñiguez de Mendoza" significaba entonces "Lope, hijo de Íñigo, señor del lugar de Mendoza".

Los apellidos españoles, como los de otros países europeos, comenzaron a ser utilizados a partir de los siglos XI y XII.

A mediados del siglo XII empieza a aparecer entre los grandes señores de Castilla y León la costumbre de firmar en la documentación, siguiendo a su nombre y patronímico, el nombre del lugar cuyo gobierno ejercen. Esta fórmula suele utilizarse intercalando las más de las veces, entre el patronímico y el lugar de gobierno, la preposición en, es decir, Rodrigo Fernández en Astorga, Álvaro Rodríguez en Benavente, Pedro Rodríguez en Toro; pero a veces se suscita el problema cuando el escriba emplea, para significar lo mismo, la preposición de, y hay que saber diferenciar entonces lo que es el gobierno de un lugar, de un incipiente nombre de linaje. Este nombre de linaje que surge en estos tiempos se va implantando en la alta sociedad medieval y podemos decir que está perfectamente establecido, con la aquiescencia de todos, en la segunda mitad del siglo XIII.

Asimismo hay que indicar la costumbre de que la mujer conserva su propio apellido después del matrimonio. Ademas, si el linaje materno es de mayor importancia que el paterno, los hijos llevan el apellido de la madre, desapareciendo él del padre. Esta situación puede producirse espontáneamente o por capitulación matrimonial, apareciendo asi nuevos linajes.

Finalmente, llegado el siglo XIV los patronímicos pierden su significación original, pasando a unirse inseparablemente al nombre de la persona para hacer homenaje a un antepasado de relevancia. Así, en honor al asesinado pariente Íñigo López de Orozco, muchos Mendozas son llamados "Íñigo López" aunque su padre no se llemara Lope, y en honor al Gran Cardenal y al muerto en Aljubarrota, otros son llamados "Pedro González" aunque su padre no se llamara Gonzalo.

El caos que existió en España durante la Edad Media, en el uso de los apellidos, ha puesto a prueba la paciencia de los historiadores y los genealogistas, haciendo muy difícil identificar los protagonistas de la historia y establecer las genealogías con resultados satisfactorios. Esta irregularidad llegó a ser casi una anarquía, extendiéndose, no sólo a las familias de rancio abolengo, sino a los estratos sociales más pobres, e incluso a los conversos a la fe cristiana, perdurando también en América hasta bien entrado el siglo XVIII.